Counseling y prevención

Por Claudia Paesano, Paula Sánchez, Pablo Urbani
Counselors


  

Recientemente leímos en un conocido matutino un artículo que afirmaba que cada vez es mayor el número de individuos que reciben asistencia psicológica, o que concretan alguna consulta de esta índole, en la ciudad de Buenos Aires. Y lo que más nos sorprendió leer fue que, entre los motivos de consulta, los trastornos de ansiedad ocupaban el primer puesto de una lista en la que las adicciones habían quedado entre los últimos. A esto se agrega el dato ya conocido de que nuestra Capital cuenta con uno de los índices más elevados de psicólogos por habitante. Aún así, no pudimos evitar preguntarnos: ¿cuánto espacio de este escenario ocupa la prevención?

   Desde los medios de comunicación masiva, las asociaciones de profesionales de diversas disciplinas médicas, así como las autoridades de gobierno, recalcan de mil y una maneras diferentes la importancia de los exámenes de rutina para  prevenir enfermedades. Cada patología parece tener una semana de exclusividad en el calendario médico como protagonista de alguna campaña que invita a los ciudadanos a efectuarse el correspondiente examen en cualquiera de los hospitales públicos de la Ciudad. No podemos pensar en algo que esté mejor concebido, pero…, ¿qué espacio tiene en estos programas pensados y promovidos para el bienestar público la prevención en materia de salud mental y emocional? Lo que es más…: ¿cuánta importancia se le asigna a ese factor en nuestra rutina de chequeos? ¿Somos conscientes de que realmente podemos intervenir activamente para mejorar la salud de nuestras emociones y vínculos, o sólo acudimos a la consulta cuando el conflicto ya está inevitablemente instalado?

   Sabemos que, en lo que a nuestro cuerpo se refiere, la prevención es la mejor estrategia; que un examen a tiempo puede ser la mejor medicina. Y cada vez más, afortunadamente, son las personas que incorporan a sus vidas el concepto de chequeo médico como prioridad en su agenda anual. ¿Por qué, entonces, parece tan remota la posibilidad de hacer lo mismo con esa parte de nuestras vidas que no aparece en radiografía alguna, pero que es igualmente pasible de enfermarse y de enfermar nuestro mundo? ¿Cuántas son las personas que consideran la idea de hacer una revisión periódica emocional o vincular? ¿Cuántas acuden regularmente a la consulta psicoterapéutica con el único propósito de una “exploración” de su mundo íntimo, de sus ideas, de la manera en que están en sus vidas, de la forma en que están para los demás?

   Como profesionales del Counseling, entendemos que las ideas que presentamos pueden sonar extrañas, especialmente por el ya conocido prurito que genera en algunos sectores la idea de ir “al loquero”, si bien tenemos la sensación de que esta visión se esfuma lentamente. Tanto más cuando ya de por sí es difícil lograr que las personas soliciten ayuda terapéutica, incluso estando el conflicto ya instalado en sus vidas y siendo concientes del mismo. Y, aún cuando lo hagan, muchos llegan al consultorio alimentando la ilusión de “la pastillita” que con unas cuantas inocuas dosis resolverá el inconveniente con rapidez y efectividad, imagen heredada del modelo tradicional de la medicina alopática, en la que se trata la enfermedad (con un procedimiento muchas veces standarizado ) en vez de al paciente como entidad única y diferenciada del resto (aún cuando la patología sea la misma); para nuestra buena suerte, éste es un perfil que también cambia y evoluciona con rapidez. Lo cierto es que no existen las soluciones instantáneas en el campo psicoterapéutico, y que las respuestas están en lo profundo de un consultante que sólo accede a ellas a través de un proceso de variable duración.

   El Counseling (o Consultoría Psicológica) es una disciplina que sostiene una gran parte de su acción sobre los pilares de la prevención y la psico-educación. El proceso es del consultante y para el consultante, y el profesional simplemente acompaña la evolución del mismo en lo que podríamos llamar, metafóricamente, un “regreso al hogar”, un encontrarse consigo mismo del consultante, y el acceso a una capacidad de relación personal con su propia verdad desconocido hasta el momento.

   Así, sería posible pensar en un tipo de prevención y promoción de la salud psico-emocional en el espacio de empatía y aceptación positiva incondicional en las que se enraíza el Enfoque Centrado en la Persona, quizás la variante más difundida de esta disciplina. En un ámbito de calidez y profundidad relacional en el que el consultante puede hacer una revisión sincera de sus ideas, creencias y experiencia de vida, lejos de juicios, análisis o interpretaciones que terminen desatendiendo su manera íntima y personal de estar en el mundo, desarrollará un proceso (no un “tratamiento”) ayudado por un profesional que, desde un uso adecuado de los recursos propios de la Psicología Humanística, se brindará en el encuentro de manera simétrica, como un “compañero de ruta” capaz de facilitar el contacto del consultante con ese potencial de vida que yace en su interior. Y es a partir de esta capacidad innata de cada quien, de convertir lo potencial en acto, que el Counseling no ve al individuo como paciente ni al profesional como dueño del conocimiento, sino que abre un campo entre ambos en el que la misma calidad del encuentro y el vínculo son las herramientas que posibilitan el cambio y desarrollo personal del consultante.

   Pensar en la dinámica psicoterapéutica como un ejercicio de prevención nos brinda la oportunidad de corrernos de nuestra innata aspiración a lo “permanente” y desarrollar nuestra conciencia de “ser en proceso” (ya no vernos como un “producto terminado”) . Un “estar siendo” en constante flexibilidad y apertura, y la posibilidad de “reformatearlo” cíclicamente en amoroso acuerdo con nuestras necesidades y experiencias. Es darnos la chance de una expresión más auténtica de quienes somos y queremos ser.